UNIVERSIDAD Y DESARROLLO (U+D)
Nassir Sapag Chain
La velocidad de los cambios que afectan a nuestra sociedad obligará a las universidades, en forma permanente, a adecuar su acción para lograr la solución de los verdaderos problemas que le demanda la comunidad. Aquí radica el verdadero sentido de la modernidad. Más que referida a los aspectos de renovación de su infraestructura, laboratorios y bibliotecas, la modernización debe estar referida a los aspectos vinculados con el contenido de su propio quehacer. En este sentido, la definición de los grandes temas que deben preocupar a la universidad tendrán que ser especificados en función de los requerimientos cambiantes de conocimiento y soluciones que la comunidad le exigirá para los problemas prioritarios.
De esta manera, las universidades lograrán convertirse en instrumentos del desarrollo del país. Todas ellas reciben, por diferentes medios, recursos fiscales aportados por toda la comunidad, lo que las hace responsables y las obliga a responder al juicio público por el uso y destino dado a esos recursos.
La esencia de lo anterior no es la eficacia por la eficacia, sino que, por el contrario, la eficacia por el desarrollo. El desafío de las universidades, por ello, no es reaccionar ante los nuevos temas que la comunidad le demanda hoy o le demandará mañana. Por el contrario, deberá ser capaz de identificarlos, de adecuar su estructura para enfrentarlos eficazmente, de investigarlos proponiendo soluciones concretas, de transferir los resultados alcanzados, de apoyar su adopción y de someterse a su evaluación.
La investigación científica y tecnológica, el desarrollo de las artes y la creación de pensamiento, actividades irrenunciables de la institución universitaria, se han venido ejecutando, muchas veces, como resultado de las propias inquietudes de los académicos y no en respuesta a las demandas de solución a problemas reales, concretos y prioritarios de la sociedad donde se inserta. La comunidad reclama de sus organizaciones que tienen la misión de promover el desarrollo y cultivo del conocimiento respuestas debidamente integradas y coherentes con las características de los problemas que les dieron origen.
Al compartir este concepto, las universidades tienen una oportunidad histórica de transformar el concepto de I+D (investigación y desarrollo) por el de U+D (universidad y desarrollo), señalando con ello el claro principio de que la universidad es una palanca fundamental del desarrollo de nuestro país y que debe, por sobre todas las cosas, estar a su servicio.
Al haber tanta necesidad de generar conocimiento aplicado a satisfacer alguna necesidad de la comunidad, los países como el nuestro deben dedicar una particular preocupación a asignar prioritariamente recursos para proyectos de investigación que conduzcan a un efecto positivo en la comunidad.
Para que la acción de las universidades en investigación se transforme en un efectivo instrumento de desarrollo, se deberá propender a definir un procedimiento que incorpore, antes de la asignación de los recursos, claridad respecto de tres elementos fundamentales para el logro de esta misión; a saber: primero, el producto que se pretende lograr con el resultado de la investigación y la demostración de la viabilidad o capacidad real de alcanzarlo en los plazos, condiciones y recursos estimados para ello; segundo, la transferencia de sus resultados hacia la comunidad, identificando los mecanismos, condiciones y recursos necesarios para hacer viable su traspaso, y, tercero, la aceptación y capacidad de adopción de los resultados por parte de la comunidad. Sólo así se podrá garantizar la eficacia de la actividad académica en pos del anhelado desarrollo del país, tarea que debe tener un carácter permanente a partir de ahora.
Países que han sido capaces de conseguir que sus universidades desarrollen una gestión formal y estructurada del proceso de investigación, identificando situaciones que conduzcan tanto al aprovechamiento de las potencialidades internas de una región o el país como a la solución de un problema, han logrado un crecimiento de sus economías superior al alcanzado por aquellos en los que ese esfuerzo no se ha manifestado.
Propuestas de las universidades que posibiliten incrementar la cantidad del producto con una misma cantidad de recursos empleados o bien mantener la cantidad del producto disminuyendo los recursos utilizados en ello, son claras formas de contribuir al desarrollo. La reducción de los recursos empleados para producir un mismo fin posibilitará su liberación y reasignación a otras actividades que permitan generar una producción agregada que beneficie a la propia comunidad.
Este mismo principio es válido para las universidades, puesto que la modernización de un país no puede dejar de estar ligada a la modernización de sus universidades. Éstas, y más particularmente las estatales, lejos de actuar con un criterio conservador, que muchas veces las hace avanzar torpe y lentamente, deben ser capaces de impulsar la innovación en su propia organización, como la principal muestra de su más clara convicción de que ella no sólo cumple un papel importante en el desarrollo del país, sino también lo lidera.
La definición del producto de la acción académica, dentro de este marco de ser un instrumento de desarrollo, no puede quedar concentrada en la variable única de la innovación que genere la investigación. Por el contrario, ella debe demostrar que la innovación es más conveniente para los intereses nacionales que, por ejemplo, la adaptación del conocimiento creado en países más desarrollados a los requerimientos de la comunidad, siendo tan válida una opción como la otra.
Optar por una u otra no es arbitrario y depende de la capacidad para realizar investigación con alta velocidad de desarrollo. Una universidad con baja velocidad de desarrollo del conocimiento podrá optar por la adopción en vez de hacerlo por la innovación, ya que el hacerlo por esta última podría redundar en que el trabajo de investigación quede obsoleto incluso antes de llegar a lograr los resultados esperados de ella. La universidad debe invertir, entonces, en generar las capacidades internas que posibiliten desarrollar investigación oportuna. La adopción del conocimiento crea, sin embargo, una dependencia del avance que logren las universidades más desarrolladas, aunque con claras economías en la inversión. Ambas opciones no son incompatibles ni mucho menos la posibilidad de enfrentar el tema del desarrollo de los productos académicos mediante una vinculación efectiva tanto con otros centros universitarios como con la propia empresa privada.
La universidad se nutre, de esta manera, de información de su entorno para asumir el desafío de identificar los temas que son prioritarios para ser abordados desde la óptica académica de la contribución del conocimiento.
La parte de la responsabilidad social por el desarrollo nacional que la comunidad le ha encomendado a las universidades debe llevarlas a asumir con decisión la tarea de búsqueda de los temas prioritarios que enmarcarán su acción académica. No caben dudas de que la capacidad de identificación de temas en nuestras universidades supera toda posibilidad para emprenderlos. Siempre los recursos serán escasos frente a los desafíos del desarrollo. De aquí emana la condición de que, emprender una investigación, deberá ser posterior a una objetiva evaluación de las reales capacidades para alcanzar los resultados propuestos y a una medición comparativa de los costos y los beneficios que se espera lograr.
La eficacia de un proceso de investigación para el desarrollo se manifiesta, más que en los resultados académicos logrados, en la capacidad para transferirlos a la comunidad regional o nacional y en la adopción y uso que ésta haga efectivamente de ellos, ya que esto último será, en definitiva, el factor determinante de los beneficios que se le asignen.
El concepto de “mercado” pasa, en este sentido, a tener un valor superior al que la comunidad universitaria comúnmente le otorga. En efecto, el “mercado” -la comunidad-, será quien validará el trabajo universitario mediante la adopción de sus resultados. Si no existen las condiciones para que estos resultados sean efectivamente transferidos a esa comunidad, o si no están dadas las condiciones para que la adopción se materialice, por muy interesante que sea el tema o por mucho convencimiento que haya acerca de la importancia y necesidad de llevar a cabo una investigación sobre el mismo, la rentabilidad social de los recursos empleados en ella será negativa.
Si la universidad no tiene los argumentos para convencer al “mercado” de la necesidad de que adopte el conocimiento creado o adaptado, esa investigación probablemente quede postergada frente a otras que exhiban mayor claridad respecto a que existen las voluntades y capacidades para adoptarlas, creando con ello una mayor expectativa de que sus resultados tendrán un impacto positivo en la búsqueda del desarrollo.
Las universidades no siempre están preparadas para enfrentar el problema de la transferencia del conocimiento por medios más eficaces que los tradicionales de la docencia y la extensión. De aquí surge nuevamente la conveniencia de evaluar la posibilidad de la vinculación con entes externos a la estructura universitaria que permitan dar valor agregado, en una asociación formal, al producto de la actividad académica.
En contra de un pensamiento reduccionista, la universidad debe optar por uno sistémico y globalizado que posibilite la maximización de los objetivos. Para ello, deberán crearse apropiados y flexibles mecanismos de interrelación que hagan posible una eficaz integración de las numerosas y diversas actividades de la universidad, de manera de alcanzar mayores y exitosos efectos en el desarrollo de nuestro país y, por consecuencia, de nuestras propias entidades universitarias.
La importancia de la perspectiva del “mercado” en todo proyecto de investigación se manifiesta en la necesidad de transferir eficiente y eficazmente los resultados de la investigación realizada.
Aunque el mercado al cual se dirija la innovación esté plenamente identificado, a la vez que las bondades de su adopción por los potenciales adoptantes no dejen lugar a dudas, el éxito real de la investigación se medirá en función del ámbito de su adopción, por lo que el proceso de transferencia pasa a constituirse en un elemento de alta significación. La universidad debe evaluar si, al igual que el resto del proceso, la transferencia de los resultados deba ser administrada formal y estructuralmente en forma independiente o asociada.
Una gestión eficiente del proceso de transferencia debe ser capaz de identificar a los potenciales usuarios de los resultados de la investigación. El conocer quiénes son y qué requerimientos tienen quienes propenden a una eventual adopción de tecnología permite precisar la definición del producto de la investigación, retroalimentando con la información necesaria al académico que debe velar por la efectividad de un proceso que debe redundar en un efecto positivo en el desarrollo de una región o país.
Las características propias y tan particulares de cualquier grupo de investigadores determinan que generalmente no tengan las mejores capacidades para transferir los resultados logrados de su trabajo. Quizás, el éxito de ello se podrá lograr incorporando administradores profesionales que, interactuando con los equipos de investigación, cooperen en la búsqueda de ideas de innovación, en la gestión financiera de los proyectos y en la transferencia eficaz del producto logrado.
La propuesta de U+D, universidad y desarrollo, requiere generar la capacidad de compatibilizar los intereses de una gestión académica con los de una gestión universitaria, donde la primera, en manos de los más calificados académicos, debe velar por la más eficiente ejecución del proceso de definición del producto, viable y priorizado, de una investigación, mientras la segunda, en manos de profesionales, debe administrar su transferencia y apoyar su adopción por parte de la comunidad.
Nada de esto es nuevo. Ni la profesionalización de labores, tan alejada de la actividad normal de un académico, ni el proceso integrado de investigación-transferencia-adopción. Este último representa las tres áreas típicas de la acción universitaria: a) la investigación, b) la docencia y extensión para transferir el conocimiento y c) la consultoría para apoyar a la adopción.
El desafío radica en la búsqueda de nuevas formas que hagan más eficiente todavía este proceso.
Donde esta necesidad es más clara es en la integración de la universidad con el proceso de adopción de los resultados de la innovación. De esta etapa depende el éxito de toda la acción universitaria encaminada a apoyar el desarrollo, con el agravante de que al llegar a esta etapa la mayor parte de la inversión está ya efectuada y el producto de la investigación, disponible. Es decir, falta materializar la implementación del resultado del trabajo de investigación para acceder a los beneficios que la comunidad espera en retribución por postergar la asignación de recursos a tantas otras necesidades sociales.
En este sentido, la consultoría académica es una tarea que debe asumir la universidad. No por los recursos financieros que genera y que, indudablemente, pueden constituir una interesante fuente de financiamiento adicional, sino que por la necesidad de contribuir al uso eficaz de todo el trabajo ya realizado en investigación.
Desde la perspectiva académica tiene, además, la gran ventaja de permitir vincular a los académicos con la realidad concreta, posibilitando hacer los ajustes pertinentes a su investigación, a la vez que identificar nuevas ideas de futuros estudios y mejorar el propio proceso de priorización.
No cabe duda de que para muchos académicos la acción de “venta” de su investigación es considerada como una actividad comercial secundaria, no digna y absolutamente ajena a sus responsabilidades. En este mundo de cambios, de desafíos, de libre búsqueda de la verdad, ha de implicar una cantidad importante de transformaciones en relación con la forma como hoy son percibidas las tareas universitarias.
El cambio social, económico, científico y técnico que hoy se observa levanta nuevos desafíos y retos para las instituciones de educación superior. Las universidades tienen que tomar opciones sobre su futuro. La modernización tendrá que abarcar aspectos atípicos, como son el cambio en la cultura organizacional y en la actitud de sus miembros. Ante la tradicional dispersión y aislamiento del trabajo de investigación, se requiere integración, participación y visiones compartidas. Frente a la cultura individualista, se debe levantar una cultura corporativa. En lugar del conservadurismo, hay que postular la modernidad con respeto a las tradiciones.
La modernización es, en definitiva, nuestro mayor desafío para adecuarnos a la velocidad de los cambios; más que reaccionando ante ellos, buscando liderarlos. Detrás de esos cambios y adopción de políticas para liderarlos se encuentra la necesidad de contar con universidades capaces de responder a las demandas del futuro, dimensión del tiempo para el cual por definición las universidades trabajan.
La capacidad de modernizarse, la mantención de un carácter paradigmático materializado en la creación de propuestas válidas para la realidad regional y nacional, la adecuada difusión de sus capacidades y logros, la capacidad de flexibilización para enfrentar las demandas del medio y el apoyo explícito al desarrollo sustentable en lo económico, social y ambiental tanto como en su capacidad de transferir sus conocimientos para el fin último de lograr mejorar la calidad de vida de la comunidad, son las variables que posibilitarán disponer de un sistema de educación superior que sea un efectivo motor del desarrollo nacional. |